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El trabajo sobre el proyecto comenzó en 2017. Inspirado por el habitual trabajo con el modelo masculino para la escultura, que debía convertirse en académica. La contemplación constante del rostro inmortal y sombrío derivó en asociaciones permanentes con las expresiones de muchos rostros conocidos y desconocidos que, independientemente del estado de ánimo y las circunstancias vitales, se caracterizan por la apatía y la ausencia de emociones positivas, lo que acaba afectando a los rasgos estáticos del rostro, que se vuelve permanentemente triste. Esta escultura se ha convertido en la imagen colectiva estereotipada de la persona postsoviética, un representante típico de la mayoría con una expresión constante de agotamiento o aburrimiento en el rostro.
El primer paso del proyecto, influido por esta impresión, fue la intervención en 2017 de espacios públicos y lugares culturales de Cracovia, Kyiv y Odesa. La máscara de silicona (molde) de esta escultura —un rostro pálido, duro e inmóvil que yo llevaba puesto— provocó emociones diversas en la gente: desde sorpresa y miedo hasta risas y preguntas atrevidas. Este rostro inexpresivo escuchaba visitas guiadas en museos, deambulaba por universidades, nadaba en el mar, se asomaba a ferias y tiendas. La serie de fotografías documentales fue la primera parte del proyecto.
La segunda fase del proyecto consiste en la reproducción de la escultura mencionada, la creación de máscaras con diferencias mínimas prácticamente imperceptibles, como intento de analizar las relaciones causa-efecto de la emocionalidad y la ausencia de conexión positiva entre las personas, lo que en realidad significaba ante todo un alto nivel de vulnerabilidad. La apertura puede hacer vulnerable a una persona, puede llevar a la condena por parte de otros, o estas emociones no encontrarán apoyo. Probablemente, en los países postsoviéticos esta situación fue propiciada por el pasado control totalitario de la movilidad, las declaraciones y la disidencia, donde la apertura no estaba fomentada. Es decir, la memoria genética también afecta a nuestras emociones inconscientes o, en este caso, a su ausencia.
Algo similar se esboza en la teoría de la cortesía de Brown y Levinson. Según esta teoría, supongo que las personas del espacio postsoviético pueden atribuirse legítimamente al concepto de «persona negativa» o a un representante de la «cortesía negativa». En contraste con la cortesía positiva, la cortesía negativa está orientada al respeto por la «persona negativa» del receptor y se basa principalmente en la distancia (evitación). Brown y Levinson subrayan el formalismo y la contención de la cortesía negativa. Es decir, cuanto más le parece a una persona que sus palabras, acciones y emociones pueden suponer una amenaza para ella o para el receptor, más intenta enmascarar dicha amenaza con mayor esmero.
Por supuesto, la estrategia más ideal, en este caso, será aquella que elimine del comportamiento lingüístico y emocional todo aquello que de algún modo pueda «amenazar» la situación habitual, es decir, la evitación y el enmascaramiento ante el entorno.